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El uniforme y la crisis

Fecha
  • 20 mar. 2011
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  • "La falda no está debajo de la rodilla y con una basta menor a tres pulgadas", meduda...


    Fernando Martínez G.

    Cada año, quizás para distraernos del desastre de educación que tenemos, las pantallas de nuestros televisores se llenan de noticias que nos cuentan el rechazo en los centros escolares de cientos de estudiantes que no cumplen con el uniforme escolar.  Nada refleja mejor la crisis de nuestro sistema educativo.

    A la luz del nuevo milenio, en muchas escuelas simplemente no existe el uniforme escolar y ello en nada afecta la calidad de la educación que brindan.  El uniforme, si decidimos que exista, no debe tener otra utilidad que reconocer que quien lo porta pertenece a una escuela y se encuentra en un horario escolar.  Nada más.  Todos los atributos que nuestros anquilosados docentes esgrimen a su favor no son otra cosa que resabios medievales de cuando la educación era administrada por las iglesias o por instituciones militares.

    Pretender la uniformidad (uniforme significa una sola forma) es un absurdo en un mundo cuya subsistencia depende, hoy más que nunca, del reconocimiento y el respeto a la diferencia, la aceptación sin prejuicios y precondiciones de la diversidad humana.  Por siglos el sustento ideológico de los poderosos para sus guerras, conquistas y toda formas de dominación fue, precisamente, la intolerancia, la incapacidad de aceptar al otro como igual en derechos, aunque diferente en el color de su piel, en su creencias religiosas, en su origen, cultura o nacionalidad.

    Esa intolerancia engendró al nazismo y sirve a los fundamentalismos de todo signo que todavía perviven.  Debería darnos vergüenza que algunos docentes se refieran al uniforme escolar con la misma vehemencia con que en otra parte del mundo se escupe en el rostro de la mujer que no lleva puesta una burka.

    Hoy, la moderna pedagogía propone el diseño de centros educativos abiertos, incluyentes, participativos, sitios a los que acudimos con alegría a enfrentar la aventura del conocimiento.  La escuela-prisión (con cerca de púas y todo), el aula-celda, el docente-alcaide quedaron en el pasado.

    Las centros educativos modernos salen de los claustros para asistir a museos, teatros, cines, parques, centros de producción, instituciones públicas, etc.  En ellos, el ordenador sustituye al cuaderno, la televisión al tablero (en Japón todo salón de clases tiene un reproductor se video y se da una teleclase antes de iniciar la jornada), se conjuga teoría y praxis, se estudia y se trabaja.

    El método pedagógico aceptado universalmente, el constructivismo, plantea que el docente ya no es más un ser autoritario dueño absoluto de la verdad y su papel consiste en guiar a los estudiantes a construir juntos el conocimiento.  Se trata de estimular el razonamiento, el ingenio, la curiosidad científica, el talento creador.  Las nuevas tecnologías de la comunicación acabaron con la educación memorística y enciclopédica y la evaluación del rendimiento académico se basa, no en la información que podemos acumular en nuestro cerebro (para eso están los discos duros), sino en la capacidad obtener y generar nuevos conocimientos y habilidades.

    El paradigma cambió, el éxito y la productividad dependen de que se estudie durante toda la vida, la dinámica social impone una movilidad frenética y, por ello, la base del sistema educativo debe ser proporcionar los medios y herramientas para la actualización permanente.

    Es decir, en vez de conservar un sistema educativo diseñado para reproducir la pobreza (por su mala calidad) y para expulsar a los estudiantes (la mitad de los panameños que ingresa al sistema no termina la secundaria) tenemos que construir uno que los conserve incluso después de recibir sus diplomas.

    Los centros educativos de prestigio logran inculcar el sentido de pertenencia.  Sus egresados siguen siendo parte, se sienten orgullosos pertenecer.  Las grandes empresas diseñan su imagen corporativa, construyen mecanismos de identidad (el uniforme suele ser uno de estos elementos), las oficinas de recursos humanos realizan procesos de inducción porque saben que el nivel de involucración del trabajador contribuye a elevar la calidad de su trabajo.

    Los jóvenes construyen su propia imagen corporativa, adoptan los elementos de su identidad generacional, la mayoría de las veces en rebeldía contra aquello que se le prohibe.  Perciben con mucha claridad la doble moral del ordenamiento social que se les impone.  Saben que los adultos les exigen conductas que ellos mismos no están dispuestos a adoptar. La sociedad que todo lo mercantiliza también asume y tergiversa sus señas de identidad para sumarlos como consumidores.  Los medios masivos de comunicación vomitan toneladas de productos sexistas y promueven valores trastocados y luego se les castiga porque "la falda no está debajo de la rodilla y con una basta menor a tres pulgadas".

    En los carnavales del 2009 el hoy presidente de la república se abrazó con varias meretrices en bragas en el programa juvenil de mayor rating de la televisión panameña.  Los padres de la patria -no importa el partido al que pertenezcan-, jueces y magistrados se venden a diario.  ¿Será que no  se han enterado de ello nuestros jóvenes?

    No importa cuantos megaproyectos se construyan, ni cuanto capital o empresas se establezcan en nuestro país, no habrá desarrollo humano si no reformamos radicalmente nuestro sistema educativo y con ello conjuramos el peligro de ser una nación sin futuro.

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